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Por: Dr. Pedro Arturo Reino Garcés

Cronista Oficial de Ambato

Uno de los personajes curiosos a los que no se le ha dado notoriedad en el contexto de la Batalla de Iñaquito es un tal Hernando de Bachicao, quien con ínfulas de pirata se puso al servicio de Gonzalo Pizarro en el Mar del Sur, en procura de luchar contra Blasco Núñez de Vela que había sido liberado curiosamente después de que fue hecho prisionero y llevado a un islote frente al Callao. Fue un 28 de octubre de 1544 cuando habían llegado con el prisionero al puerto de Guaura. El encargado de conducir a tan importantes presos fue el Oidor Juan de Álvarez, quien bajo la amenaza de muerte en Lima por parte de los pizarristas, tuvo que obedecer sus órdenes.

Este Oidor,  también conspirador del Virrey, sí que aprendió lo que es estar entre la espada y la pared. Al menor descuido y por cualquiera de los dos lados se veía perdido. Estaba ante un Pizarro nombrado Gobernador del Perú por sus fieles súbditos y por los amenazados Oidores que llegaron junto a Núñez de Vela. Se supone que  el Virrey  venía a imponer su autoridad, ordenado de manera directa por el Monarca.

Envejecido en pocos días de suplicio, apenas había llegado a Guaura, se le había postrado a los pies del Virrey y le había dicho: “Hasta aquí he ejecutado a más no poder la comisión de conducirlo. Queda usted libre, y como mi legítimo superior, estoy presto a obedecerle” (Velasco, Juan de, La Historia Antigua, Clásicos Ariel # 5, Guayaquil, s.f. p. 124. Este autor toma como fuente al cronista Gomara). Es de suponer que sintió que el primer Virrey del Perú le propinaba el más inolvidable de los abrazos, luego de lo cual había expresado: “Asimismo queda en libertad su hermano Vela Núñez y otros prisioneros que fueron destinados para que viajaran de regreso a España”.

Ocurrió entonces que el Virrey, con su hermano y varios acompañantes, huyeron hacia Tumbes, donde efectuó una breve ceremonia levantando el “Estandarte Real, hizo gente, completó su Real Audiencia, nombrando provisionalmente otros tres; llamó a todos los de la comarca; tomó todo el dinero que había del Rey en Tumbes, Piura, Puerto Viejo y Guayaquil, y se empeñó también con otros mercaderes ricos. Mandó a su hermano a recoger más dineros hacia las provincias del Norte, otro a Panamá, por gente y caballos, y otro a España con el informe de cuando había sucedido hasta entonces” (Velasco, ob. cit. p. 124)

Con este antecedente de contexto volvemos a Pizarro, de quien se dice que no tuvo nave alguna cuando fue reconocido como Gobernador. Disponía apenas de dos bergantines con 50 hombres. En estas circunstancias aparece Bachicao “hombre tan valiente como bien parecido de persona, aunque de bajo nacimiento, y el más perverso y vil que pisaba el mundo. Su comisión era la de apoderarse por voluntad o por la fuerza de cuantas naves había en diversos puertos, y guardar con ellas todo el mar del Sur. Desempeñó Bachicao de tal suerte la confianza de Pizarro, que constituido el más insigne pirata, robó y saqueó varios puertos, cometiendo mil insolencias en todas partes, hasta entrar a Panamá con 28 navíos y 400 hombres, y apoderarse también de la ciudad, donde ahorcó a todos los que no se rindieron al decir Viva Pizarro.

Dejando allí la mayor fuerza, regresó con pocos a Trujillo, donde robó otras tres naves y supo que, puesto en libertad del Virrey, se hallaba  haciendo gente en Tumbes” (Velasco, p.131)

Con estas noticias que han quedado de Bachicao, se dice que el Virrey se amedrentó y huyó con los suyos hacia Quito, sobre todo porque tenía recelo y el mayor de los peligros es de las infidelidades de la gente. Sabedor de que Pizarro lo perseguía a Quito, el Virrey huyó más al norte, por Pasto y Popayán.

En Quito, Pizarro se enteró de los excesos de Bachicao por robos, saqueos, incendios, muertes hasta erigirse en comandante de su armada. El Pirata fue enfrentado por el propio Pizarro en Quito y lo reemplazó en el mando de las naves con el capitán Pedro de Hinojosa, tenido por hombre de buena conducta, para corregir los errores y mantener la guardianía del Mar del Sur.

Sin embargo, el astuto Pirata, en medio de este huracán desatado contra el Virrey, se dice que fue quien le aconsejó “dejando todos los temores y recelos, se hiciese y se llamase Rey, puesto que tenía seguro el mar, y no tenía por qué temer a ninguno. Gonzalo, aunque no le desagradó el consejo, no tuvo valor para tanto, o porque no le pareció todavía el tiempo oportuno…” (Ob.cit).

Seguro que con el Pirata y los suyos, Pizarro se sentía un Rey del Perú, mucho antes de decapitar al enviado, como lo sabían los cronistas: festejando con damas, haciendo torneos y otros divertimentos que le alejaban de la memoria la forma “cómo había entrado a la misma ciudad, tres años antes, enteramente desnudo, consumido, y lleno de lana como bestia”.(ob. Cit.)

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