![]()
Imagen: Wikipedia
Por: Dr. Pedro Reino Reino Garcés-Cronista Oficial de Ambato
Ana Bolena no tiene la cara trágica de la reina Catalina de Aragón con que le han retratado entre las seis esposas del Rey de Inglaterra Enrique VIII. La muchacha es una doncella fina, astuta y seductora. Tiene el cuello alto para lucir las joyas y elevar una cabeza de girasol ovalado y cortado a capricho de un obsesionado por su belleza; luce frente despejada, ojos listos y labios finos como un corazón de rosa. Nadie dudaba al verla que había nacido de la aristocracia inglesa. A los 14 años la mandaron a Francia donde permaneció hasta 1521 pensando en refinar su talento. Había nacido en 1501.
De regreso a Inglaterra fue a dar en la corte como dama al servicio de la reina viuda de Arturo Tudor. Enrique VIII debió haberle puesto sus deseos en la forma de sus labios y haberse seducido por el brillo y la alegría de sus ojos. ¿Esta me podrá dar un hijo varón? A esta me la llevo a la cama, habría pensado “acostumbrado a fáciles conquistas y a escoger caprichosamente a sus amantes. Sin embargo, Ana poseía una voluntad de hierro y una ambición sin límites que no la predisponían a contentarse con ocupar transitoriamente el lecho real como una cortesana más.” (Grandes Biografías, Océano, p. 204).
Su señora Reina Catalina, la hija de los poderosos reyes de España Fernando e Isabel, preñaba y paría mujeres que el fogoso Enrique las detestaba. ¿Sería que ella le podía dar el ansiado varón para heredero del trono? Pero ella seguramente se aguantaba hasta que el Rey le prometiera que iba a ser legitimada como esposa. ¿Le habría confesado su pretendiente Rey que quería divorciarse de Catalina? ¿Le habría dicho que su esposa era una mujer maldita porque se había complacido en el lecho a los dos hermanos Tudor y que por eso no le nacía el varón que deseaba?
Dicen que ella aceptaba sus caricias, que sentía sus barbas en su delicado cuello como un preludio de desenlace fatal. Dicen que le oía los latidos de su vientre bajo y las digestiones de ese corazón que saltaba reprimido. Le secaba los sudores de su espalda cuando se desabotonaba su falda de varón. Y así “resistió estoicamente las reiteradas solicitudes del Soberano, alimentando al mismo tiempo su fogosidad con inocentes caricias y rechazándolo alternativamente con objeto de incrementar su deseo.” (Grandes Biografías, p. 204). Dicen que solo ella sabía apagar con besos el carbón encendido del Rey.
Hasta que no sabemos cómo llegó ella a mediados de marzo de 1535 a comunicarle a su amante que se hallaba preñada. Que había sido el producto del día en que el Soberano ni siquiera se quitó su falda. “Enrique, loco de júbilo, dispuso la ceremonia, que tuvo lugar el 1 de junio en la abadía de Westminster: pocos vítores se escucharon entre la multitud: las gentes veían en ella a la concubina advenediza carente de escrúpulos que había hechizado a su buen rey con malas artes. Tres meses después, la nueva reina dio a luz una hija que se llamaría Isabel y llegaría a ser una de las más grandes soberanas inglesas, pero Enrique VIII no podía saberlo y se sintió muy decepcionado” (Océano, p. 204).
Se cuenta que 20 días después del 7 de enero de 1536 en que murió sola y abandonada la que fue reina Catalina de Aragón, Ana Bolena había parido por segunda vez un hijo varón, pero muerto. Decepcionado el Rey no quiso ni siquiera verlos a su madre y a su crío. Indudablemente que el Rey era ya un caso patológico.
Vinieron las intrigas y la idea del rey de volver a casarse hasta que una nueva mujer le diera un hijo varón. Ana Bolena “fue acusada y apresada por adulterio, incesto y cualquier otra razón que permitiera a Enrique casarse con alguna otra y procrear legítimos herederos varones; fue decapitada. Antes de su muerte bromeó al verdugo: «No te daré mucho trabajo, tengo el cuello muy fino». Era un 19 de mayo de 1536.
El caso es que este rey obsesivo, sabedor que las decapitaciones con hacha estaban siendo obsoletas, según la investigadora inglesa Tracy Borman,, dice hablando del rey, que él tenía un “carácter premeditado y calculador” y refuerza la imagen del rey inglés como un “monstruo patológico”. El monarca quería que se siguieran sus instrucciones al pie de la letra, hasta el punto que Sir William Kingston, el Condestable de la Torre, tuvo que viajar hasta Francia para contratar a un espadachín que se ocupara de la decapitación. Había dado instrucciones precisas sobre cómo y dónde debía ser ejecutada su esposa: “Su cabeza será cortada […] en el parque de nuestra Torre de Londres”, había ordenado.
Ana Bolena fue condenada falsamente “por adulterio y alta traición” bajo la acusación de haber mantenido relaciones sexuales con varios hombres de la corte, incluido su propio hermano. La acusada y la mayoría de los implicados negaron los cargos menos uno, un músico al servicio de la reina llamado Mark Smeaton, que confesó bajo tortura haber sido su amante. Eso bastó para que se la condenara junto con el resto de acusados y fuera ejecutada el 19 de mayo de 1536.
La mayoría de historiadores han sostenido que las acusaciones no eran ciertas y el juicio era una farsa organizada por Enrique VIII para librarse de ella y casarse con su nueva favorita, Jane Seymour. El motivo era la obsesión del rey por tener un heredero masculino que ni Ana Bolena ni su primera esposa, Catalina de Aragón, le habían dado, aunque sí tuvieron hijas: Ana dio a luz a una niña que con el tiempo se convertiría en una de las reinas inglesas más recordadas, Isabel I; mientras que la hija de su primera esposa, Catalina de Aragón, pasaría a la historia como María la Sanguinaria.
Borman añade que, aunque la historia de Ana Bolena es muy conocida, a menudo “olvidamos lo chocante que resultó ejecutar a una reina”, un hecho por el que Enrique VIII se convirtió en uno de los reyes con peor fama de Inglaterra”. (Página virtual).