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El cuadro de Jaime Zapata en la Andina invita a la reflexión sobre nosotros

Por: Quinche Ortiz Crespo

La pintura, que ocupa la gran pared del descanso de la grada, entre los tramos de la planta baja y el primer piso, del edificio Eugenio Espejo es un óleo sobre lienzo imprimado a la manera clásica, es decir, con materiales como el blanco de España y la cola de conejo, en la afamada tienda parisina La Maison Marin, Beux Arts, fábrica de materiales para artistas plásticos, creada en 1947. Mientras que los óleos están preparados de manera muy noble: con pigmentos de alta calidad, aceite polimerizado y resinas, lo que abonará a la perdurabilidad de la obra. El pintor ecuatoriano inició su elaboración en Montpelier, Francia, donde reside actualmente, la trasladó, por tierra, a París, desde donde la trasladó a Quito por vía aérea, y la finalizó en su taller, todo esto en tiempo récord.

Como parte del programa de celebración del natalicio del Libertador Simón Bolívar, que la Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador, llevó a cabo el 24 de julio, a las 12:00, se develó el cuadro sobre Eugenio Espejo, cuyo nombre lleva el nuevo edificio que alberga al Centro de Información y Biblioteca de la institución, porque el precursor de la Independencia, además, fue el primer director de la Biblioteca Pública de Quito, cargo que ocupó en 1791.

La pintura de gran formato (8,72 por 3,72 m), la de mayor tamaño realizada por el pintor quiteño Jaime Zapata –y probablemente la más grande pintura al óleo del país–, es una estampa lúdica de Quito, respecto a la cual su autor manifiesta: “Mi idea, desde el inicio, fue que el cuadro no sea anecdótico. Cualquier Eugenio Espejo que hubiera hecho: el médico, el bibliotecario, el abogado, el enfermo, el preso, el arrastrado, el muerto… cualquier momento de la historia relacionada a Espejo o a los mártires de la Independencia hubiera cerrado todas las otras posibilidades, por ejemplo, de ver el paisaje o de que en la pintura esté Quito. Entonces, encontré –después de haber tapado varias versiones, porque el cuadro se fue transformando conforme el maestro se iba adentrando en el tema– que el primer destierro de Espejo –cuando fue expulsado a Bogotá– me permitía lograr la narrativa que quería para el cuadro. Entonces, en él he plasmado el momento de la despedida, el momento del: ‘Cuídate’, ‘¡Qué pena!’, ‘Que te vaya bien’, ‘Adios’ entre Eugenio Espejo y Mejía Lequerica y Manuela Espejo. Ahí está él, con la maleta y el caballo…”. Pero también dentro del lienzo hay escenas de lo que pasaba en el Quito de ese momento: una procesión, un aguatero indígena cargando agua para la casa de alguien de mayor jerarquía en la escala social, un chulla quiteño dando una serenata… El autor buscó plasmar su idea –sueño, dice él– del ambiente de Quito de esa época: bastante verde y rural… de campo, “que habrá sido tan bonito: la tierra, los animales, el olor a maíz, el color…”, porque al estar lejos –vive en Francia desde hace varios años– siente nostalgia y dice tener mucha pena de “cómo Quito se volvió tan grande, ¡que no queda ni un pedazo de tierra para caminar!”.

A decir de Zapata, “este cuadro no pretende ser un documento histórico –una foto–, ni fue hecho a pedido, sino hubiera sido una ilustración de la ilustración”. Más bien, el pintor ha jugado con la idea de Espejo como espejo, porque el personaje “es el retrato más fiel de lo que somos. Espejo nos sirve de justificación, de bandera, de coartada para nuestra falta de identidad, para llenar el vacío que tenemos por no ser ni indios ni blancos”. En ese sentido, la obra es más bien una semblanza del mestizaje. Y, por eso mismo, en la pintura aparecen los indígenas, pero detrás, como servidumbre, recordándonos que la discriminación, la desigualdad, el racismo y la opresión son temas no resueltos en nuestra sociedad.

El autor propone su cuadro como una vitrina para pensar tanto en el pasado como en dónde estamos, sin dar ni pautas ni modelos de futuro, pues el hablar del futuro como una verdad absoluta, a su modo de ver, encierra intenciones manipuladoras. “Coincide con un momento importantísimo en Ecuador: hay una necesidad de tener fe en algo, un destino, un camino a seguir… Pero no hay. Me ha tocado hacer este cuadro en una etapa en la que hay una especie de regreso a vernos en el estado en el que estamos, como que hubo una especie de borrachera con inventos de futuro, para volver a mirarnos de una manera mucho más tranquila y normal diciéndonos: ‘Así somos. Partamos de esto –de aceptar que somos así– para ver nuestros límites y nuestras capacidades y posibilidades. No inventemos mundos ajenos, mundos ilusorios, de cuentos… aquí hay realidades concretas, urgentes, y más que nada reales’”.

Por lo tanto, su intención es dar al público la posibilidad “de volarse, sin quedarse fijado en una anécdota”. Y es el conjunto el que posibilita la reflexión. “Podría haber metido mil personajes históricos, pero eso hubiera sido una descripción. Mi intención es crear un momento de reflexión. Que cada uno vea su propia realidad”.

El artista fue buscando, casi como un director de teatro, una puesta en escena que tuviera elementos clave, muchos de los cuales, en la obra que conoció el público el viernes 24 de julio, ya no están “porque cada elemento arma una frase, y hay algunos que molestan y otros que, en el proceso de elaboración, logran armar de manera exacta la frase poética que uno busca”.

Jaime Zapata, como nos tiene acostumbrados a sus admiradores y críticos, plasma en esta obra, con gran maestría, nuestro imaginario colectivo, invitándonos a quienes se forman y laboran en la Universidad Andina –que transitarán a diario ante esa magnífica obra– y a todos los que quieran visitarla a reflexionar sobre nosotros, no solo los ecuatorianos, sino los latinoamericanos, con quienes tenemos similares raíces y una tarea común aún inconclusa.

FUENTE: Universidad Andina Simón Bolívar

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