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La banalización de la democracia occidental

POR IMANOL ZUBERO

Reseña del libro Gobernando el Vacío del politólogo y docente universitario irlandés Peter Mair (1951-2011).

En 2006 el politólogo irlandés Peter Mair publicaba en la revista New Left Review (publicado en castellano en febrero de 2007) un artículo titulado “¿Gobernar el vacío?”, en el que analizaba el surgimiento en los estados occidentales de una idea y una práctica de la democracia de las que estaría ausente su componente popular (una “democracia sin el pueblo”). Aunque Mair falleció en agosto de 2011, dos años más tarde se publicó un libro póstumo que desarrolla estos análisis, libro que en España publicó en 2015 Alianza Editorial con el título: ‘Gobernando el vacío. La banalización de la democracia occidental’.

Mair considera que el vaciamiento de la dimensión popular de las democracias liberales tiene que ver en gran medida con el fracaso de los partidos políticos a la hora de seguir cumpliendo su función original de ser organizaciones de masas sostenidas por bases electorales esencialmente homogéneas, con una fuerte identidad política y unas estructuras organizativas fuertes. Los partidos de masas, especialmente los partidos de izquierda, conseguían ganarse la fidelidad de sus votantes “construyendo fuertes redes organizativas sobre la base de sus experiencias sociales comunes”: comunidades humanas localizadas en determinados barrios y regiones, con similares características, compartiendo condiciones de vida y de trabajo, participando en las mismas instituciones (sindicatos, iglesias, ateneos, clubes sociales). Cada partido desarrollaba un programa político distintivo, directamente dirigido a su propia clientela, por lo que “su integridad representativa era prioritaria”.

Pero todo esto comenzó a disolverse a partir de los años Setenta. Las identidades políticas se han debilitado, las condiciones de vida y de trabajo se han diversificado hasta el infinito, los electorados se han fragmentado… La ciudadanía se aleja del compromiso político convencional, votando cada vez en menor número y con menor sentido de coherencia partidista; también se muestra reacia a comprometerse políticamente en términos de identificación o militancia. “La competición política se caracteriza por la pugna por eslóganes socialmente inclusivos a fin de obtener el apoyo de electorados socialmente amorfos”. Surgen así los partidos-atrapalotodo y se entroniza la idea de que las elecciones se ganan en el centro. “Cada partido -subraya Mair- tiende a distanciarse más de los votantes, a los que supuestamente representa, al tiempo que se asocia más estrechamente con los protagonistas rivales con los que supuestamente compite. Las distancias partido-votantes se han ampliado, mientras que las diferencias partido-partido se han reducido”.

Se acaba produciéndose una doble retirada: “Los ciudadanos se retiran hacia su vida privada o hacia formas más especializadas de representación y los dirigentes de los partidos se retiran hacia las instituciones, presentando sus términos de referencia más fácilmente desde su papel de gobernantes o titulares de cargos públicos”. La ciudadanía se aparta de los partidos y de la política convencional, deja de ser protagonista y se convierte en espectadora. “Cuando la competición entre los partidos mayoritarios apenas tiene consecuencias para la toma de decisiones, solo cabe esperar que derive hacia el teatro y el espectáculo”, advierte Mair. De una democracia de partidos se pasa a una “democracia de audiencia”.

Por su parte, los partidos se alejan de la calle y de la gente y conceden una prioridad creciente a su papel como organismos de gobierno en contraposición al papel de organismos de representación: “buscan más el despacho”, se orientan esencialmente hacia el gobierno, convertido en un fin en sí mismo. Se convierten en parte del Estado a la misma velocidad con la que reducen su presencia en la sociedad. Incluso los partidos de oposición orientan toda su actividad hacia el gobierno y las instituciones parlamentarias, degradando su papel de organización “sobre el terreno”. De esta manera, los partidos políticos se convierten en “equipos de dirigentes compitiendo” y su organización, al margen de las instituciones políticas, se desvanece. Lo único que permanece es una clase gobernante o aspirante a gobernar.

“El terreno tradicional de la democracia de partidos, considerado como la zona de encuentro de los ciudadanos con sus dirigentes políticos, está quedando abandonado”, concluye Mair.

Los partidos emergentes, muy especialmente Podemos en España, han sabido reconstruir esa zona de encuentro con la ciudadanía sin la cual la política democrática se banaliza y se vacía de sus componentes más esenciales: la participación, la crítica, la rendición de cuentas, la ilusión, el compromiso…

Eldiario.es, agosto de 2017.
Cortesía del Observatorio Latinoamericano www.cronicon.net, aliado de www.EcuadorUniversitario.Com

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