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Amamos por demencia

Por: Carol Murillo Ruiz

Lo que viene y se va entre luces y sombras se llama tiempo. Lo que se queda, en medio del caos y de la poesía de una palabra ida, es el amor. No hay modo de atrapar eso que da vida un segundo y muerte otro instante. Tiempo y amor se trasponen para jadear en las nucas de los tallos y sus flores cada día. Lo que viene y se va se vuelve esperanza. Todo lo que nos humaniza y niega, en la obscuridad sobre todo, es la conmoción de que amamos intensamente un algo ficticio, un algo irreal; una silueta colmada de ángulos y sesgos que, deseándola a ráfagas, cerca de la imagen en apariencia de un ser concreto, no existe, pero le damos color, perspectiva, líneas de sol, ensambladuras y sales.

Amamos porque no queda evasiva más cruda para la palabra y el cuerpo. Amamos porque aquel perfil ficticio -apremio a gritos- señala a veces, en el olor excitante de un roce, que todo silencio se paga con silencio. Amamos porque urge humanizar la impiedad de los cuerpos, tañer una campana que advierta otros espasmos, imponer un sacrificio a pesar del dolor. Amamos por demencia.

Tiempo y amor se rebasan justo en el punto del placer. La tierra tiembla afuera, no adentro. Las aguas de los cuerpos reposan porque eso que no existe, el sigilo que se sofoca en el sigilo, la campana que suena en una iglesia distante, han resuelto que lo que va y viene entre lo real y lo que diluye la sangre, tiene que pasar por el tamiz del olvido y el cortejo de un beso.

No ha llegado el día –aún- en que el misterio de la pasión toque un rostro por la necesidad de morir. Es el ansia de vivir lo que rompe dedos y bocas, ilumina una nariz, acaricia rodillas. Un misterio de siglos que los individuos afrontan como pueden, sembrando caracolillos y delirios, dispersando pólvora y recogiendo frambuesas. Fogoso misterio en el imaginario matorral de un pecho.

Pero seguimos amando, en cascada, con fuerzas y fósforos sin luz. Oyendo la campana que repica su eco para los que quieran oír. Amamos por demencia y por miseria. Porque así como atrapamos ostras y las comemos vivas, así nos engullimos la quimera del ser que grano a grano (de arena) inventamos para completar el otro yo del tronco, de las ramas y sus hojas y sus pétalos y sus frutos. Un formidable árbol plantado en arenisca. ¿Puede existir, alimentarse, ser?

No existe. Lo que viene y se va entre luces y sombras se llama tiempo. Lo que nunca se queda se llama amor. Un amor que se parece a una potente ley que jamás se cumple, no porque sea rigurosa y fea sino porque es excesivamente bella, virtuosa, cabal. Amamos, en más de una ocasión, lo que no existe, el ser simulado que ideamos en la luna, un maniquí de seda. Es decir, un fetiche, un apetito egoísta, o el repique aún más egoísta de los que no pueden amar nunca.

Ese enorme árbol injertado por la fantasía en un terreno seco pereció hace años. Pero buscamos agua por todas partes, buscamos nutrir su tronco, su savia, tierra adentro, y suponemos que es cuestión de tiempo. No lo fue, no lo es. Es la ley del amor que no se cumple. Es la palabra ida que no llegó a ser poesía ni carne ni sacrilegio pío.

Adiós maniquí de seda.

Quito, 9 de octubre de 2017.

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