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Inocente por donde se lo mire

Por: Rodolfo Bueno

Que los libertadores de nuestra América eran de una pasta muy especial lo dice la vida y la obra del General Juan José Flores, primer presidente de Ecuador. Tal vez ningún otro patriota ha sido tan denigrado y sus méritos arrojados al suelo como los de este bizarro triunfador en toda contienda, tanto militar como política. Nace en Puerto Cabello, de padre vasco y madre criolla, y desde muy joven participa como soldado en las luchas por la independencia americana. Combate en las batallas de Carabobo y Bomboná y por su valentía es ascendido continuamente hasta alcanzar en la batalla de Tarqui el máximo grado posible, el de general. El 13 mayo de 1830, la Convención de Riobamba lo elige presidente de Ecuador, república que acababa de nacer. Entre 1835 y 1839 apoya al gobierno progresista de Vicente Rocafuerte. En 1839 es nuevamente electo presidente y en 1843 logra que la Convención Nacional apruebe una nueva Constitución llamada “Carta de la Esclavitud”, porque uno de sus artículos lo convertía prácticamente en presidente vitalicio.

El 6 de marzo de 1845 estalla en Guayaquil la Revolución Marcista, encabezada por el poeta y estadista José Joaquín de Olmedo, que le obliga a renunciar. Juan José Flores se retira del poder bajo la condición de que se respeten sus honores y propiedades. Al enterarse de que el nuevo gobierno ha roto el pacto acordado, se dice que trama con el apoyo de varios gobiernos europeos una invasión a Ecuador; incluso se habla de que propuso a la reina María Cristina de Borbón la instauración de la monarquía en Ecuador. Sea lo que fuere, porque documentos no hay, se radica en Venezuela, donde renuncia a la ciudadanía ecuatoriana.

Vuelve a Ecuador para dirigir a las tropas de García Moreno contra el General Guillermo Franco, que es apoyado por el Mariscal Ramón Castilla del Perú. En 1860, Ecuador estaba al borde de la disolución. Con su ayuda, García Moreno retoma el poder e impide la división del país. Luego de que le devuelven sus bienes y el rango militar, Flores es herido en un combate en el golfo de Guayaquil; fallece el 1 de octubre de 1864. Sus restos reposan en un mausoleo de mármol de Carrara, en la catedral de Quito. Durante sus gobiernos hubo orden y se consiguió la anexión definitiva de las islas Galápagos. Tuvo muchos partidarios, pero también muchos enemigos, y pese a lo controversial de su personalidad, al extremo de que no faltan detractores que le acusan de intervenir en el asesinato del Mariscal Antonio José de Sucre, en este escrito se intenta hacer algo de justicia.

Hay gente que no lo soporta por haber sido conservador, es decir, con una lealtad a toda prueba partidario de Bolívar, que era conservador. Se aclara que los conservadores de entonces eran tan o más revolucionarios que los de la izquierda actual.

Bolivar y Sucre lo adoraban. “Con respecto a la Patria U. se conduce como un hombre de Estado, obrando siempre conforme á las ideas y á los deseos del pueblo que le ha confiado su suerte…

Acepte U. las seguridades de mi amistad y aún más de mi gratitud por sus antiguas bondades y fidelidad hacía mí”, le escribe el Libertador un mes antes de su muerte. Su arrojo rayaba en la temeridad, al extremo de que siempre iba a la cabeza de su tropa, que le seguía hasta la muerte. “El ejército del Sur mandado por el bizarro Capitán (Flores) y por los más intrépidos de vuestros jefes hacía inútiles mis servicios”, escribe Sucre. Su bondad es criticada duramente por el Libertador, que le recrimina: “Estoy encantado con U.; pero también estoy enfadado porque es U. más bueno de lo que debe ser un militar y un político”.

Flores practica una nobleza extrema con los derrotados en la batalla de Miñarica, y don Vicente Rocafuerte, jefe de las fuerzas chihuahuas que se habían sublevado en su contra, reconoce su magnanimidad: “Fui su prisionero… Y en vez de arrancarme la vida como pudo haber hecho, me buscó, me hizo proponer convenios de paz y me prometió trabajar de consuno en la consolidación del orden y en el establecimiento de las libertades públicas…” y al mismo Flores le escribe: “Como usted es tan valiente como César, y tan indulgente como él con los enemigos, he imitado los ejemplos de clemencia que usted me diera.” Don José Joaquín de Olmedo, compañero de Rocafuerte, lo inmortaliza en su Oda a Miñarica de la manera siguiente:

“Flores vuela al encuentro,

y cuando alzada

sobre la hostil cerviz resplandecía

su espada, reconoce sus hermanos;

lejos de sí la arroja, y les ofrece

el seno abierto y las inermes manos”

El Gobierno Provisorio, que le destituye luego de la Revolución Marcista, publica al día siguiente: “Hablando (el General Flores) siempre de refundir los partidos no tenía más política que ceder á enemigos que nada le podían ceder, y desatender á amigos de quienes podía esperarlo todo.” Don Pedro Moncayo, fundador de la sociedad el Quiteño Libre, valiente luchador contra Flores, sin temor a la prisión o al destierro, lo describe: “Flores era un verdadero soldado que había adquirido renombre en la gloriosa lucha de la Independencia”. El mayor escritor nacional, Juan Montalvo, enemigo de Flores, dice en El Desperezo de El Regenerador: “Flores, Juan José Flores, soldado de Colombia, valiente de primera clase en la batalla, condecorado por Bolívar; Flores, el héroe de Portete; Flores dueño del afecto de la aristocracia de Quito; Flores, fundador de la república, lleno de fama, talento, prestigio, valor, se viene abajo…” Don Rafael Mata, enemigo acérrimo de Flores, escribe en Páginas del Ecuador: “Fué bastante sagaz para hacer de su enemigo y prisionero Rocafuerte un aliado y un amigo; y fué bastante notable en los campos de batalla para merecer los elogios de un Bolívar y los épicos versos de un Olmedo…” Por lo visto, de Flores hablan bien sus amigos y sus enemigos.

Después de todo lo dicho, la acusación que le hacen algunos despistados, de haber participado en la conspiración para asesinar a Sucre se queda sin sustento. Por ese carácter benévolo y pacífico; por esa tolerancia probada en mil ocasiones; por ese don de gentes que le permitió atraer enemigos para hacerlos sus amigos; por esa condición humana que lo hacía incapaz de derramar sangre del prójimo, menos todavía de inocentes y peor aún la de un buen amigo y camarada de lucha, como era para Flores el Mariscal de Ayacucho, se deduce que Flores nada tuvo que ver con ese crimen.

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