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La Wipala o supuesta bandera del Tahuantinsuyo

Por: Dr. Pedro Reino Garcés
Historiador/Cronista Oficial de Ambato

“Art. 2.- La bandera, el escudo y el himno nacional, establecidos por la ley, son los símbolos de la patria…” Dice nuestra última Constitución.

Considero un acierto decir que tenemos símbolos de la Patria, que equivale a decir símbolos del Estado-nación. El problema es cuando se dice ‘símbolos nacionales’, porque está dicho que no hemos aclarado lo suficiente sobre la problemática de las nacionalidades. Si esta línea de base no está resuelta, ¿qué pasan a ser los llamados símbolos nacionales?

Los “símbolos oficiales” de las naciones-estados tienen dos caminos para considerarse como prototipos de los nacionalismos políticos. Tienen un significado fuera de las fronteras, ante gente de otros Estados; y uno diferente para las pluri nacionalidades al interno de las repúblicas. Las banderas que identifican a una república son una especie de trajes con procedencia, o etiquetas ante otras entidades políticas que buscan marcas legalizadas. Dentro de esta misma república, en el supuesto que se pusieran en orden las cosas, cada nacionalidad debería identificarse con una bandera. Así enfrentada la teoría, el Ecuador como Estado-nación pluricultural, debería disponer de 14 banderas que identifiquen cada nacionalidad o etnocultura reconocidas como tales hasta la actualidad por el Estado. Pensar que las etnoculturas se agrupen bajo una sola bandera como tela simbolizante es un contrasentido.

Pero ¿Qué ha ocurrido en nuestra experiencia concreta? Frente al nacionalismo estatal al interno y por razones étnicas, en el caso ecuatoriano, los nacionalismos culturales han exhibido una bandera. Se trata de la confundida wipala de la época del Tahuantinsuyo, argumentando que sirve, sobre todo a las etnias andinas, para identificarse con tonos étnicos frente a la cultura dominante y oficialista dentro del propio Estado ecuatoriano.

Aclaremos que la Wipala cuadrada, de todos los colores, pero en cuadritos (no rectangular), no ha sido difundida con una semanticidad integradora, sino como una remembranza tomada de la época del incario. Pensar en una bandera aborigen conocida como wipala con franjas transversales con los colores del arcoíris, aclaremos que se trata de otra wipala, aunque la palabra no le calza, porque se cree que fue emblema del incario usada en Cusco y resulta entender como una simbolización dinástica y conquistadora, sobre todo para las etnias ecuatorianizadas que soportaron su imposición. Para esta bandera se empleaba en quichua la palabra “unancha” en las regiones altoperuanas. También se tiene como arcaísmo en el quichua ecuatoriano, al decir de Luis Cordero.

Esta palabra “Wiphala” solo significa bandera en aimara. Sus más próximos y justificados herederos son los bolivianos. La palabra no aparece en nuestros diccionarios quichuas: Luis Cordero, Julio Paris y otros no la ponen. Ni siquiera está en el trabajo de Diego González Holguín del quichua cuzqueño de 1608. Si es que la palabra Wipala ha hechado raíces en el actual Ecuador, seguro que vino con grupos mitimas provenientes de lengua aymara. Esto indicaría que es emblema de sus antiguos desplazados, más no de las culturas pre-quichuas ecuatorianas, ni de las quichuas que usan la unancha, que ahora la han reivindicado sin conciencia histórica. En Ecuador la han usado en levantamientos indígenas de finales del siglo XX, y se oye que la pronuncian “juipala” confundiendo con la unancha. Un diccionario Queshwa-Castellano hecho en La Paz-Cochabamba en 1978 por Jesús Lara, señala como palabra más próxima la forma “Wiphi”, con el signiicado de azote, látigo. Wikipedia dice que “Wiphai” es una voz de triunfo, que se usa hasta hoy en los rituales solemnes. Vaya coincidencias del triunfalismo del azote.

Bien vale que lean lo que explica Wikipedia. La actual bandera del Cusco en siete franjas con los colores del arcoíris, se dice que ni siquiera fue fandera del incario, sino de uso reciente, puesto que fue declarada como “Emblema de la ciudad” por el alcalde de dicha municipalidad, Gilberto Muñiz Caparó, en 1978. Lo anecdótico está en que este alcalde tomó esta bandera luego que la había popularizado desde 1973, como emblema de una radioemisora llamada “Radio Tahuantinsuyo” que operaba en el Cusco, cuyo propietario era Raúl Montesinos Espejo. ¡Qué vergüenza pública para los líderes indígenas del Ecuador! ¿Con qué sentido se identifican con la bandera del Cusco, argumentando además que es bandra del Tahuantinsuyo?

La seria investigadora peruana María Rostworoski afirma: “Le doy mi vida, los incas no tuvieron esa bandera. Esa bandera no existió. Ningún cronista hace referencia a ella… separemos las cosas verídicas de las tonterías… La historia hay que defenderla.” También se señala lo que dijo la Academia Nacional de Historia del Perú: “El uso oficial de la mal llamada Bandera del Tahuantinsuyo es equívoco e indebido. En el mundo prehispánico andino no se vivió el concepto de bandera…” Lo curioso es que esta misma bandera, en 1978 fue empleada en Estados Unidos por parte de los movimientos Hippies como emblema de la libertad homosexual.

Frente a lo dicho, seguimos acá con que la Wipala es la bandera de la reivindicación indígena. Hasta un general de la República, candidato a la presidencia en 2017, ha pasado a la historia cobijándose con bufanda inspirada en la malentendida Wipala, a la que él combatió en una de nuestras guerras contra el Perú. Perdonemos a los acólitos porque son de segunda categoría, y no deben haber tenido acceso a la investigación, pero el historiador socialista que lo apoyaba, ¿por qué silenció su generosa y partidaria sabiduría?

Se han dado casos en manifestaciones públicas netamente de reivindicación popular, cuando ha salido el campesinado a protestar en las calles de los centros urbanos provinciales, no es que lo hagan con banderas de sus parroquias o de identidades que se manejan oficialmente al interior de sus provincias. Lo hacen izando en palos que sirven de astas, sus ponchos y chalinas, sus pañolones y bufandas. Esto es más lógico y espontáneo, y quiere decir que en el fondo hay una simbología extraviada que reniega de lo que les ha impuesto el Estado opresor y la Educación formal a partir de la escolaridad. Pero lo más grave es que seguimos cayendo en el vacío histórico.

Sin más comentario, esto debe mirarse como consecuencia de un caos intelectual que refluye de la diversidad étnico-cultural que proviene de una heredad histórica que quedó atrapada en la territorialidad con que se estructuró la República, luego de las fragmentaciones que resultaron como consecuencia política de los asuntos bélicos pos independentistas. Las etnoculturas fragmentadas en territorialidades diversas soportan rivalidades chauvinistas. Ejemplifiquemos: si se observa desde afuera al grupo étnico de los indígenas llamados “pilahuines”, no hay distinción, ni en el traje, frente a sus vecinos llamados “chibuleos”; pero como pasaron a formar parte de parroquias civiles diferentes, han generado un separatismo fóbico y dicen ser tan diferentes unos de otros, como si en el espejo se reflejara el tigre en lugar del gato que corresponde a la realidad.

En los planos internacionales, el Ecuador “soporta” identidades mal divididas, puesto que se tiene pastusos ecuatorianos, frente a pastusos colombianos; a shuaras amazónicos ecuatorianizados, frente a los mismos shuaras peruanizados con cédula de identidades políticas, a pesar del manejo de la misma lengua vernácula a los dos lados de la frontera. Todo esto no es sino el reflejo de una lucha y una decisión que es consecuencia de ambiciones de poder y economía negociadas por la diplomacia y avalizada por garantes del negocio de las guerras. Frente al marco de nuestra Constitución y de nuestra realidad como país fragmentado en identidades, es que debemos enfrentar los estudios de los procesos de integración. ¿Será factible semejante cometido?

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