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Las Ciencias Sociales como (falsa) experiencia mística

Por: Dr. Adrián Bonilla

El propósito de esta intervención es saludar a nombre del conjunto de las Unidades Académicas y de los países que constituyen FLACSO a las personas que participan en este Congreso y, para hacerlo, enunciar tres ideas. Primero, las disciplinas que conocemos como Ciencias Sociales se encuentran vigorosas en la región pero permeadas por debates que se remiten a órdenes regulatorios que eventualmente se asientan más en la fe que en el conocimiento. Segundo, la producción de conocimiento y pensamiento social contemporáneo en América Latina puede ser muy rica si se sustentara el diálogo y superposición de distintas tradiciones teóricas. Tercero, la posibilidad de generar conocimiento requiere de espacios libres de deliberación, los mismos que son limitados por lógicas normativas y por interpretaciones unívocas del saber.

Primera idea.

Hace ocho años, cuando se inauguró el Primer Congreso de Ciencias Sociales en este mismo escenario, la ceremonia estuvo marcada por una presentación admonitiva que partió de la suposición de que las Ciencias Sociales latinoamericanas estaban en crisis y caracterizó esa crisis como política, pero también de pertinencia por el “atraso” percibido en la representación de América Latina en índices científicos globales.

Aquella crítica plantea una pregunta recurrente a propósito del rol de las ciencias sociales y el de los científicos sociales en el entorno en el que viven. La pregunta no puede resolverse en una sola respuesta a menos que esta sea el producto de las creencias o valores de la persona que intenta esa respuesta; ese cuestionamiento suscita otro interrogante que es: ¿cuál es la legitimidad que un actor académico o político tiene para imponer a una comunidad creencias o valores y un determinado tipo de prácticas? Una preocupación de esa trascendencia, no puede ser resuelta sin asumir el debate acerca de si las disciplinas que estudian la sociedad son o no “ciencias” en el sentido “positivo” de la palabra, sujetas a la demostración de evidencias según normas estandarizadas, sobre todo luego de que las teorías críticas y aquellas que cuestionaron la dimensión teleológica de las aproximaciones omnicomprensivas hegemónicas en el siglo XX, cuestionaran la relevancia misma de la categoría “ciencias” para referirse a las disciplinas que estudian los fenómenos sociales.

En todos los casos la legitimación del saber pasa por el reconocimiento de una comunidad epistémica (la misma que expresa relaciones de poder y no necesariamente de sabiduría) que certifica la evidencia de algún descubrimiento, por ejemplo, en las ciencias físicas y naturales. Es la evidencia lo que permite certificar una conclusión en aquel campo, pero en el de las disciplinas que estudian la sociedad, esa certificación está inevitablemente asociada a formas institucionales que construyen la imagen de sentido “científico”. Sin embargo, las normas que otorgan ese estatus, sobre todo en nuestro campo de trabajo, son en sí mismas materia de discusión, naturalmente cuestionables, y no verdades reveladas.

Al plantearnos la pregunta ¿Qué son las Ciencias Sociales latinoamericanas? (y porqué están o no en crisis) Nos encontramos con varios problemas. ¿Qué otorga a una práctica investigativa identidad latinoamericana? ¿Quién determina la existencia, relevancia o pertinencia de esa identidad? ¿Qué vamos a entender por “ciencias”? No hay fronteras absolutamente precisas en el pensamiento social sobre esta discusión. Las que existen son construcciones políticas que no eluden cierta dosis de autoritarismo. Cómo clasificarlas es otro problema. ¿Son instituciones burocráticas gubernamentales quienes otorgan patente de relevancia a la discusión social? ¿Son Consejos de expertos quienes sostienen el Canon del saber? ¿Es la autoridad máxima de un centro de estudios? En todos los casos el estatus científico es más el resultado del ejercicio del Poder que de la evidencia.

Ninguna tradición científica, por otra parte, -y éste es un dato de la realidad- puede escapar a la posibilidad de ser instrumental a intereses sociales o políticos. De ahí que también es muy común que la salida a esta necesidad sea concebir a las disciplinas sociales como ideologías cuasi religiosas: como revelaciones místicas sustentadas en la fe o la creencia: Se alcanzaría la trascendencia, por ejemplo, cuando el saber se encarna en acción política útil para alguna causa; o cuando, desde el otro lado, un Journal en Inglés publica un texto sobre la región. Cuando la tradición científica se convierte en un acto de fe entonces para el practicante –hierofante en realidad-, la ciencia social se convierte en un instrumento de prédica y conversión. Si el objeto declarado de la actividad científica es la redención de los paganos y la transformación del mundo terrenal en la imagen celestial que invocan los preceptos, el conocimiento es una guía para la acción. Otra posibilidad, cuasi religiosa también, aunque más pedestre, es creer ciegamente que la ciencia es el resultado de formas: la transfiguración de lo natural en producto científico se produce a través de un hecho adjetivo vinculado a la liturgia, por ejemplo la métrica de impacto formulada por empresas de alcance global. En este caso incluso el rito se vuelve más importante que la doctrina, en realidad la construye.

Segunda idea.

Los ejemplos mencionados nos remiten a la vieja discusión sobre el papel de los las científicos(as) sociales en las sociedades latinoamericanas. Nuevamente la metáfora eclesiástica ayuda: ¿Es su lugar el de especialistas que forman una orden iniciática identificada por el dominio de signos de reconocimiento mágico: membresía en colegios profesionales o estándares de indexación? O por el contrario, los científicos sociales son agentes políticos, reformadores o sustentadores ilustrados del entorno. Ocasionalmente reproducimos la lucha intelectual católica del siglo XII entre la órdenes mendicantes y el papado respaldado por los dominicos. Disputamos la Ciencia como si fuera el Dios del pensamiento versus el de la acción. Pero a diferencia de ese entonces, pensar que esta contradicción se resuelve con la victoria de uno de los bandos es iluso. El debate entre ambas opciones no se agota, es parte de la realidad profesional. Probablemente la dicotomía sobre el rol de los científicos y las ciencias sociales es falsa. La construcción de la imagen de ciencia pura vs. guía para la acción; de especialistas vs. agentes de cambio social nunca se va a resolver pues alude básicamente a las opciones personales de los practicantes. Un debate que interpela la creencia, la fe, difícilmente produce conocimiento. Cuál es la pertinencia de las ciencias sociales es una pregunta abierta cuya sola enunciación tiene la virtud no sólo de generar discurso político sino deliberación informada dentro de cada disciplina, y es una pregunta que no puede responderse desde una sola perspectiva, peor aún si se asienta en lógicas políticas de autoridad. A pesar de ello, las fronteras sobre lo que es o no científico normalmente son enunciadas desde las instancias de poder. La experiencia diaria de la investigación, sin embargo demostraría que esas fronteras son rebasadas. Para Roger Bartra, por ejemplo, esto es evidente sobre todo cuando el trabajo de producir conocimiento nuevo vuelve indispensable el uso creativo y simultáneo de varias tradiciones científicas y la superposición de varias disciplinas sobre un mismo objeto de estudio. El estudio de los fenómenos sociales vuelve porosas las disciplinas, las hace dialogar, tensiona y complementa premisas teóricas que en abstracto serían contradictorias.

Tercera idea

En América Latina cualquier estrategia de avance y profundización en la calidad académica vuelve indispensable la construcción de un campo deliberativo que acoja todas las posibilidades interpretativas, pero también todas las formas de enunciar la idea de cientificidad a propósito de la sociedad, por ello es normal, legítimo, y parte consustancial del trabajo académico debatir, cuestionar sistematizadamente y construir alternativas a los órdenes clasificatorios del saber, pues ninguno de ellos es absoluto.

Este Congreso es precisamente una muestra de aquello porque la práctica de las disciplinas sociales en la región en realidad trasciende espontáneamente el juego de las dicotomías. Si miramos, por ejemplo, la composición de las conferencias magistrales, veremos que el protagonista central, Alonso Quijano encarna una generación de científicos sociales latinoamericanos relevante globalmente más allá de los estándares. Nadie que se diga a sí mismo científico social puede prescindir de haber leído sus textos sobre neocolonialidad, hegemonía, dependencia y dominación. Sin su literatura no se puede comprender América Latina; pero al mismo tiempo, todos los conferencistas magistrales por áreas temáticas pertenecen a la academia anglosajona, lo que no quita relevancia alguna a las ideas que puedan construir para la comprensión de la región. Son intelectuales Quijano, y los demás, formados en matrices diversas de las disciplinas.
Tenemos un congreso en donde las prioridades teóricas, las tradiciones científicas y sus paradigmas, coexisten y debaten entre sí y es que el conocimiento sobre la sociedad no puede construirse sobre la base de interpretaciones unívocas sino en un contexto de coexistencia de versiones diferentes. Para ello es necesario un ambiente que construya a su vez espacios de deliberación ¡libres! Un entorno, y esa sí es responsabilidad de quienes hacemos gestión académica, en donde todas las posibilidades de pensar la sociedad puedan expresarse y en donde las reglas limiten lo menos posible esta condición.

Hay cosas que nunca cambian. Por ejemplo la tensión entre los órdenes de autoridad que regulan la educación y la demanda académica, consustancial a su existencia, que es mucho más que la vigencia de ciertas capacidades administrativas; es la construcción de entornos que permitan la circulación del pensamiento en desaforada libertad y a pesar de las restricciones, que por otra parte, siempre existirán. Hago votos para que este Congreso exprese aquello: la demanda académica, con fuerza y demuestre nuevamente el vigor de nuestras disciplinas en la región.

Quito, agosto 26 de 2015

Nota del Director de EcuadorUniversitario.Com:

Este discurso fue pronunciado por el Secretario General de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), el miércoles 26 de agosto de 2015, en Quito, durante la inauguración del III Congreso Latinoamericano de Ciencias Sociales, que se realiza en la Sede Académica de Ecuador, del 26 al 28 de agosto de 2015. El objetivo del congreso es reflexionar sobre el estado actual de las ciencias sociales en la región y explorar los aportes académicos que se pueden hacer desde América Latina. El evento está dirigido a estudiantes, investigadores y académicos de América Latina y otras partes del mundo, y tiene como propósito agrupar las principales y más recientes reflexiones sobre la región.

La organización del evento ha definido seis áreas de discusión, cada una con tres ejes temáticos. Estos ejes temáticos buscan suscitar debates ubicados en las fronteras de sus respectivos campos, informados por las especificidades y los retos que enfrenta la región.

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