Por: Dr. Pedro Reino Garcés
Historiador/Cronista Oficial de Ambato
No solo hay periodismo de opinión, sino también literatura de opinión. Lo dijo Alfonso Reyes. Creo que más bien al redactar las crónicas empezaron las especificaciones. Las cosas puramente descriptivas son sensaciones de los sentidos. Cuando surgen las valoraciones devienen las opiniones, porque ha entrado el razonamiento. Y es también cuando de este periodismo, que se llamaba crítico, se ha pasado al de la opinomanía, porque resulta que cualquiera se cree con derecho a imponer su opinión, aunque resulte errada, por aberración a un dogma. Cuando se salta a la ideología, hemos caído en la manipulomanía, porque los intereses son los que procuran la orientación que ha de darse a quienes van quedando rezagados de “información” que constituye el principal poder de la justicia. Reflexionemos que ahora vivimos en búsqueda de “información”, más que en búsqueda de la “verdad”. La manipulomanía importa más que la ética. Lo están practicando hasta en la justicia, los jueces y los magistrados de las pragmategias. Si me están siguiendo en la lectura, no se asusten. Son cosas que aprendieron mis alumnos de periodismo.
Ahora vamos con las “pragmategias”. Es un neologismo. Un injerto entre pragmática y estrategia. Este es un “neologismo asociado al poder del diálogo como herramienta para resolver problemas”. El caso es que los tiempos van cambiando aceleradamente. Los teóricos nos dicen que los diálogos ya no se dan entre quienes se reúnen para intercambiar palabras. Hemos palpado que se llaman “diálogos” a un oscuro y enmascarado intercambio de intencionalidades. Esto quiere decir que los dialogadores se enmascaran tanto con palabras como con sus identidades públicas, asumidas como sus rostros de permanencia.
¿Tenemos necesidad de desenmascararlos? Creo que ya no. En tiempos remotos los maleantes y criminales se enmascaraban para cometer fechorías. ¿Pero qué pasa si en un medio social ya es conocido un farsante? El hecho que use máscara solamente ratifica su condición. Una mentira en un farsante conocido es una redundancia. Quien usaba máscara en la antigüedad, para cometer un ilícito, era por la vergüenza pública. Ahora resulta que la sinvergüencería se ha vuelto normal, sobre todo en vinculados a la administración de la vida pública. Frente a esto, en este micro ensayo, digamos que “proponer verdades”, hablar de «transparencias”, de “manos limpias”, de “rendición de cuentas”, resulta más bien un encontrarse con enmascarados. Las máscaras de antaño eran horribles, espeluznantes, terroríficas. Claro que también las había las que servían para el divertimento de las cortes. Con lo que queda dicho, ahora más bien conviene reconocer cómo es una máscara con la que se nos puede presentar algún reconocido farsante, ese que tiene ganada la opinión pública a su favor, el que funge de honorable, el que da besos en época de elecciones, el que habla de política de “puertas abiertas”, etc.
“Cuando funcionarios gubernamentales presentan en medios, grabaciones de conversaciones privadas (verdaderas o no), obtenidas (o fabricadas) ilegalmente, no usan máscaras. Lo hacen con su caretabla, al igual que violan leyes desde los tribunales o la fiscalía, para imponer una determinada «verdad» procesal. En poco tiempo, testaferros y sus complicaciones ya no harán falta para que funcionarios corruptos, al mejor estilo pran, muestren sus botines capturados en la piadosa guerra que libran contra la decadente decencia.
Por eso celebramos, quizás más de la cuenta, los PanamaPapers. Porque periodistas sin máscaras, basándose en la obtención ilegal de evidencias, logran exponer a tanto corrupto de los que todavía ocultan sus delitos tras la máscara de empresas off-shore. El reclamo pareciera a veces más referido al hecho ridículo de usar esas empresas-máscara, que al hecho de ser corruptos.” (Tomado de noticieros digitales).