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Relato fantástico: Lectura de lágrimas

Por: Jenny Guasco
Estudiante de la Universidad Nacional de Educación -UNAE-

Se despertó a media noche y comenzó a llorar. Una atmósfera letal favoreció que sus cenizas se esparcieran por un espacio perennemente fugaz que evidenciaba que su fortaleza era un simple destello de su debilidad, que su amor un brillo del odio y que su valor no más que un reflejo de su propia cobardía. Caminó hacia la habitación de su padre con el anhelo de besar su boca, sus manos, su cabellera negra con la vehemencia de perderse entre sus ojos y desaparecer de la realidad. Antes de abrir la puerta dio cuatro pasos atrás y se dejó caer sobre un cajón de alfileres y un centenar de vidrios rotos. Las manos de la pequeña se volvieron invisibles y en su rostro se divisaba embrolladamente lágrimas ácidas que dejaban huellas imborrables.

Escuchó un sonido siseante. Era la serpiente, que iba a protegerla toda la noche y que se había enamorado perdidamente al ver el alma de la niña y sus ojos cafés, que reflejaba inocencia, sensibilidad y docilidad. Su voz se replicó una y otra vez ante el espejo del temible alborear.

¿Mamá, mamá dónde estás? ¿Me escuchas? Ven a por mí, por favor. Tengo miedo. Estas cadenas que llevo son tan pesadas, me lastiman. No podía correr y tampoco quería permanecer allí por más tiempo. Su corazón no encontraba la forma de dilucidar la tormenta que acarreaba con su vida.

Estaba sola en una casa en medio de un bosque. La terrible neblina favorecía a mirar con embrollo la desolada noche. La lluvia caía fuertemente. Se puso un abrigo y salió corriendo a mojarse, quería congelarse, convertirse en un pedazo de hielo para luego romperse y abandonar el camino frívolo y atroz que le conducía al mar. Así sus aguas quedarían impregnadas al borde del orbe, donde por siempre estaría sentada escuchando su melodía favorita, recontando una y otra vez sus lágrimas.

Subió las escaleras y su Padre estaba parado en el balcón. Empezó de pronto a gritar y desapareció como un destello fugaz. Jamás lo volvió a ver, se esfumó sin darle su beso de buenas noches. Él la amaba, lo sé, sus ojos cristalinos no solían mentir y su espíritu, tan valiente como el suyo, esperaba con anhelo la llegada de la noche para soñarlo.

Se fue a descansar a medianoche para no despertar a los quiméricos que se alegraban de verla con el rostro abotargado. Mientras dormía susurraban a su oído y utilizó la única arma que tenía a su alcance. Sacó la espada de su corazón y la entregó. Su pecho no paraba de sangrar y poco a poco su aposento se inundó. No le importó el llamado de su suplicante y pálida voz. Se llevó su espada, que era su fortaleza y su esencia para vivir. La espada manchada en otras manos se transformaba en veneno y pedía a gritos volver a su sitio. Así del centro de la maldad nacía el bondadoso cordero con un corazón lleno de parches que amaba a quien la odiaba.

Entonces la serpiente salía de su escondite y la besó. No era maléfica, solo cautelosa, seductora y astuta. Pocos podían llegar a abrazarla y sentir que su sangre fría era más bien tibia. Pocos podían sentir y comprobar que su veneno mortal era tan sólo una acción de protección. Ella la conocía bien, la amó por salvarla y comprobó que su apariencia robusta escondía ideales filantrópicos, inocentes y altruistas.

Su herida poco a poco cicatrizaba. Volvió a florecer y nacía por primavera. Despertaba de su largo sueño. Su padre la llamaba y lloró cuando le pedía perdón pero no tuvo tiempo de escucharlo. Quien iba a pensar que ese fuera su último suspiro. Después de tantos llantos, hoy le es imposible derramar una lágrima más. No merecía más dolor, la primavera y el mundo sonreía porque junto a la pequeña estaba su Padre por siempre, cargándola, protegiéndola y desvelándose en guiarla por el sendero correcto, sin importar los años que transcurrieran.
Ellos jamás cambiarían y su amor perduraría por los tiempos de los tiempos. Abrieron sus alas e iniciaron un viaje en todas las direcciones.

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