Por: Rodolfo Bueno
El 18 de diciembre de 1940, Hitler firmó la orden para desarrollar todo un conjunto de medidas políticas, económicas y militares, conocidas como el Plan Barbarrosa. En él se contemplaba la destrucción de la Unión Soviética en tres o cuatro meses. El alto mando alemán estaba tan seguro de su éxito que, luego del cumplimiento del Plan Barbarrosa, planificaba la toma, a través del Cáucaso, de Afganistán, Irán, Irak, Egipto y la India, donde las tropas alemanas esperaban encontrarse con las japonesas. Esperaban también que se les unieran España, Portugal y Turquía. Dejaron para después la toma de Canadá y los EEUU, con lo que lograrían el dominio del mundo.
Hitler ordenó ejecutar el Plan Barbarossa cuando trabajaban para la Wehrmacht cerca de 6.500 centros industriales europeos y en las fábricas alemanas laboraban 3’100.000 obreros especialistas extranjeros y Alemania poseía cerca de dos veces y media más recursos que la URSS, lo que la convertía en la más poderosa potencia imperialista del planeta; lo acompañaron en esta mortífera aventura la mayoría de estados de Europa continental y numerosos voluntarios del resto del mundo.
El domingo 22 de junio de 1941, exactamente a las 4 horas de la madrugada, Alemania nazi dio inicio al Plan Barbarossa. Un ejército jamás visto por su magnitud, experiencia y poderío, se lanzó al ataque en un frente de más de 3.500 kilómetros de extensión, desde el mar Ártico, en el norte, hasta el mar Negro, en el sur. Era un total de 190 divisiones, cinco millones y medio de soldados, 4.000 tanques, 4.980 aviones y 192 buques de la armada nazi. No se cumplieron las expectativas del plan Barbarossa porque, a diferencia del resto de Europa, la Wehrmacht encontró en Rusia una resistencia no esperada, que los desesperó desde el inicio.
El 3 de julio de 1941, Stalin se dirigió al pueblo soviético en un discurso, célebre porque, pese a no ocultar para nada la gravedad de la situación en frente, sus palabras imbuían en el pueblo soviético la seguridad en la futura victoria. En su discurso dijo: “Nuestras tropas luchan heroicamente, a pesar de las grandes dificultades, contra un enemigo superiormente armado con tanques y aviones (…) El propósito de la guerra popular consistirá no sólo en destruir la amenaza que pesa sobre la Unión Soviética sino también en ayudar a todos aquellos pueblos de Europa que se encuentran bajo el yugo alemán (…) Camaradas, nuestras fuerzas son poderosas. El insolente enemigo se dará pronto cuenta de ello (…) ¡Hombres del Ejército Rojo, de la Armada Roja, oficiales y trabajadores políticos, luchadores guerrilleros! ¡Camaradas! ¡Los pueblos de Europa esclavizados os miran como libertadores! ¡Sed dignos de tan alta misión! La guerra en la que estáis luchando es una contienda libertadora, una guerra justa. Ojalá, os inspiren en esta lucha los espíritus de nuestros grandes antepasados (…) ¡Adelante, hacia la Victoria!” A partir de entonces se inicio a una conflagración conocida como la Gran Guerra Patria. Se necesitó del colosal esfuerzo del pueblo soviético para revertir la grave situación y lograr la victoria.
El primer fracaso del Plan Barbarrosa se dio cuando la Wehrmacht fue derrotada en las puertas de Moscú. Sobre esta batalla, el General Douglas MacArthur escribe: “En mi vida he participado en varias guerras, he observado otras y he estudiado detalladamente las campañas de los más relevantes jefes militares del pasado. Pero en ninguna parte había visto una resistencia a la que siguiera una contraofensiva que hiciera retroceder al adversario hacía su propio territorio. La envergadura y brillantez de este esfuerzo lo convierten en el logro militar más relevante de la historia”.
La siguiente victoria soviética se dio en la Batalla de Stalingrado, la más sangrienta y encarnizada que se conoce, la suma total de las perdidas por ambas partes supera con creces los dos millones de soldados muertos; se prolongó desde el 17 de julio de 1942 hasta el 2 de febrero de 1943, cuando, luego de ininterrumpidos y feroces combates, culminó con la victoria del Ejército Rojo sobre el poderoso Sexto Ejército Alemán, comandado por el General Paulus, algo que nadie en el mundo occidental esperaba.
Cuando el General Vasili Chuikov llegó a hacerse cargo de la comandancia del 62.º Ejército que se enfrentó al Sexto Ejército Alemán, fuerza élite de la Wehrmacht que había conquistado Europa continental, el Mariscal Yeriómenko le preguntó: “¿Camarada, cuál es el objetivo de su misión?” Su firme respuesta fue: “Defender la ciudad o morir en el intento”. Yeriómenko tuvo la certeza de que Chuikov había entendido perfectamente lo que se le exigía. Según Chuikov, “por todas las leyes de las ciencias militares, los alemanes debieron ganar la batalla de Stalingrado y, sin embargo, la perdieron. Es que nosotros creíamos en la victoria. Esta fe nos permitió vencer y evitó que fuésemos derrotados”. Comprendía cabalmente que Alemania ganaba la guerra si triunfaba en Stalingrado.
Chuikov seguía la doctrina del conde Súvorov: “Sorprender al contrincante significa vencerlo”. Por eso, luchaba en las condiciones que los alemanes detestaban, ello le permitía derrotarlos.
Después de tres meses de sangrientos combates, los alemanes habían capturado el 90% de la ciudad y dividido a las fuerzas soviéticas en tres bolsas estrechas. Gracias a la moral combativa de los defensores de Stalingrado, los alemanes lograron avanzar apenas medio kilómetro en doce días de la ofensiva de octubre del 1942. El 11 de noviembre, y por última ocasión, los alemanes atacaron en Stalingrado, intentaban llegar al río Volga en un frente de cinco kilómetros; el ataque fracasó porque los rusos defendieron cada metro de su tierra.
Sobre la Batalla de Stalingrado, el General alemán, Dorr, escribió: “El territorio conquistado se medía en metros, había que realizar feroces acciones para tomar una casa o un taller, Estábamos frente a frente con los rusos, lo que impedía utilizar la aviación. Los rusos eran mejores que nosotros en el combate casa por casa, sus defensas eran muy fuertes”. El General Chuikov fue el que ideó esta forma de lucha, en la que el espacio de separación de sus tropas de las alemanas jamás excedía el radio de acción de un lanzador de granadas.
El 19 de noviembre de 1942 comenzó la operación Urano, ofensiva soviética que fue inesperada para los alemanes. Al cuarto día, el 23 de noviembre, 330.000 soldados alemanes fueron cercados en un anillo de entre 40 a 60 kilómetros de amplitud. El ultimátum enviado por el Mariscal Rokosovsky al General Paulus fue rechazado.
El 30 de enero, Hitler ascendió al rango de Mariscal de Campo al General Paulus. En realidad, el acenso era una orden de suicidio, pues en la historia de las guerras no hay un sólo caso en que un mariscal de campo haya caído prisionero. Pero Paulus no tenía la intención de dispararse por ese cabo bohemio, como informó a varios generales, y prohibió hacerlo a los demás oficiales, que debían seguir la suerte de sus soldados.
El 2 de febrero de 1943, luego de arduos combates en los que fracasaron todos los intentos por romper el cerco, cesó la resistencia alemana en Stalingrado. El Ejército Soviético capturó un mariscal de campo, 24 generales, 25.000 oficiales y 91.000 soldados. Paulus fue hecho prisionero y en 1944 se unió al Comité Nacional por una Alemania Libre. En 1946 fue testigo en los Juicios de Núremberg. Antes de partir hacía Dresde, donde fue jefe del Instituto de Investigación Histórica Militar de la República Democrática Alemana, declaró: “Llegué como enemigo de Rusia, me voy como un buen amigo de ustedes”. Murió en Dresde el 1 de febrero de 1957.
En la batalla de Stalingrado, la Wehrmacht perdió cerca de un millón de hombres, el 11% del total de todas las pérdidas alemanas durante la Segunda Guerra Mundial, el 25% de todas las fuerzas que en esa época operaban en el Frente Oriental. Fue la peor derrota sufrida por el Ejército Alemán durante toda su historia.
Un episodio épico de esta batalla es el de la Casa de Pávlov, que sucedió entre el 23 de septiembre y el 25 de noviembre de 1942. Los alemanes fueron incapaces de apropiarse de ese edificio de departamentos, defendido por una docena de aguerridos soldados rusos. Los hombres de Yákov Pávlov, suboficial que tomó el edificio y comandó la defensa de ese fortín, eliminaron más soldados del enemigo que los soldados alemanes que murieron durante la liberación de París.
La victoria Stalingrado marcó el inicio de la derrota de Alemania, sentó las bases para la expulsión masiva de los invasores del territorio soviético, desbarató los planes alemanes, resquebrajó su sistema de alianzas y llenó de esperanzas a todos los pueblos de los países que luchaban contra el fascismo. La casi totalidad del material militar que se empleó fue fabricado en las fábricas que los técnicos de la Unión Soviética habían trasladado desde la zona central de Rusia hasta el otro lado de los Urales, con los alemanes pisándoles los talones.
A fines de 1943 tuvo lugar la reunión cumbre de Teherán en la que por primera vez se encontraron los dirigentes de las tres potencias más importantes que luchaban contra el nazi-fascismo: Stalin por la Unión Soviética, Churchill por Gran Bretaña y Roosevelt por Estado Unidos.
Las condiciones políticas y militares de la época eran las siguientes: las grandes victorias militares de la URSS de ese año habían quebrantado la columna vertebral de la Wehrmacht en Stalingrado, Kursk y el río Dniéper, donde se exterminaron a sus mejores unidades, aquellas que luchaban con la consigan de vencer o morir, por lo que el potencial ofensivo de Alemania estaba maltrecho
Por estas razones, los alemanes no pudieron enviar parte de sus tropas a combatir a las fuerzas anglo norteamericanas en Italia, lo que significó la caída de Mussolini y la salida de ese país de la guerra. Alemania debió ocupar Italia, lo que debilitó la moral de sus tropas y su economía, tampoco pudo realizar sus planes de construir una flota de submarinos y aviones, con los que podría bloquear a Inglaterra y obstaculizar el traslado de las tropas norteamericanas para la apertura del Segundo Frente.
En Moscú, durante la preparación de la Conferencia de Teherán, Gran Bretaña planteó desmembrar Alemania. La URSS, que distinguía al pueblo alemán de su camarilla dirigente, se pronuncio contra esta idea mediante la célebre frase de Stalin: “La historia nos enseña que los hitlers van y vienen, pero el pueblo y el Estado alemán permanecen”. Ya en la conferencia, EEUU propuso que después de la guerra Alemania fuese ocupada por los Aliados, que la controlarían en el futuro.
Los participantes de la conferencia establecieron las bases para la creación de las Naciones Unidas, destinadas a mantener la paz y la seguridad de sus miembros; estipularon la legitimidad del pueblo italiano a escoger después de la guerra su propia forma de gobierno y decretaron el derecho del pueblo austriaco a liberarse del yugo alemán, para lo cual anularon la anexión de Austria por Alemania, para que existiera más adelante una Austria soberana e independiente. En esta conferencia se tomó la resolución de continuar la lucha contra las Potencias del Eje hasta su capitulación incondicional. El tema central fue la apertura del Segundo Frente, de cuya realización dependía que terminara la Segunda Guerra Mundial y, por lo tanto, el destino de millones de personas del mundo entero.
Cuando se planteó la fecha exacta del desembarco, Churchill comenzó un largo razonamiento del que se deducía que el desembarco no era seguro y que, en determinadas circunstancias, podía no efectuarse. Stalin se ensombreció, se levantó bruscamente, empujó el sillón que se volcó con mucho estrépito y les dijo a Mólotov y Voroshilov: “Vamos, aquí no tenemos nada que hacer. Hay mucho trabajo en el frente”. Churchill se quedó mudo, expresó que no le habían comprendido. Roosevelt, para tranquilizar la situación, dijo: “Todos estamos hambrientos. Propongo suspender la sesión para asistir al almuerzo que nos convida el Mariscal Stalin”.
Al día siguiente se volvieron a reunir durante el desayuno. Señores -dijo Roosevelt-, quiero comunicarle al Mariscal Stalin una novedad de su agrado. Hemos resuelto hoy que la operación ‘Overlord’ se ha fijado para mayo de 1944 y se la realizará con el apoyo de un desembarco en el sur de Francia”. Stalin respondió con tranquilidad: “Estoy contento de esta decisión. Por fin, los aliados se comprometen formalmente a desembarcar en Francia. ¿Pero por qué les costó tanto dar la palabra?” ¿Sería esta la manera según la cual algunos historiadores de Occidente afirman que la URSS “rogaba” a sus aliados por la apertura de un Segundo Frente?
Stalin anunció que para impedir que los alemanes pudieran maniobrar con sus reservas, la URSS se comprometía a organizar una gran ofensiva en varios lugares a la vez y aceptó el pedido de Churchill de que la URSS fuese magnánima en la victoria contra Finlandia, y ciertamente, lo fue. También se comprometió a declarar la guerra a Japón tres meses después de la derrota de Alemania, porque no podía hacerlo en ese momento puesto que el ejército acantonado en el extremo oriente estaba para realizar sólo operaciones defensivas, que para las ofensivas se requería de tres veces más soldados y en esos momentos su país no estaba en condiciones de trasladarlos sin afectar los resultados en el Frente Occidental. Las resoluciones de Teherán fueron un balde de agua fría a las esperanzas que tenían en el Tercer Riech de que los Aliados no se pondrían de acuerdo y saldrían divididos.
La “Venecia del Norte”, como también es conocida San Petersburgo, fue fundada en 1703 por Pedro I, el Grande, y le dio a Rusia salida al mar Báltico. Ha sido la cuna de muchos pensadores y poetas: Pushkin, Gogol, Dostoievski, Blok y otros. Es también una de las ciudades más bellas del planeta: El Palacio de Invierno, el Hermitage, la Catedral de San Isaac, el Palacio de Pedro… son hermosos monumentos de belleza sin par. Pero su nombre nos debe recordar que sus hijos realizaron un acto de heroísmo sin parangón en la historia, ante cuya grandiosidad es poco lo que se diga.
La conquista de Leningrado, así se llamaba entonces San Petersburgo, fue parte importante del Plan Barbarossa. Según el cual el grupo de ejércitos del norte debía partir desde Prusia Oriental, tomar todas las fortalezas soviéticas del Báltico y los puertos de Kronstadt y Leningrado, para dejar a la flota soviética sin bases en el Báltico. El grupo de ejércitos del norte y las tropas alemanas de Noruega, a los que se sumaría el Ejército de Finlandia, deberían ser suficientes para destruir a las fuerzas soviéticas que enfrentasen. En julio de 1941, el ejército nazi entró en la región de Leningrado, la cercó y el 2 de septiembre cortó la vía del ferrocarril que unía a Leningrado con el resto del país. La urbe quedó totalmente aislada.
El 8 de septiembre de 1941, Hitler ordenó al alto mando alemán detener su avance, atrincherar a las tropas alemanas y que se preparen para romper la resistencia rusa a través de un prolongado asedio, con ayuda del bombardeo continuo de la aviación a la ciudad y mediante el fuego de artillería; supuso que el hambre haría el resto, doblegar a sus habitantes.
El invierno de 1941 fue largo, duro y frío, en Leningrado no hubo ni electricidad, ni calefacción, ni transporte. La gente gastaba sus últimas fuerzas en cruzar las calles cubiertas de gruesas capas de nieve. La ciudad sufrió un bloqueo de 872 días, una de las páginas más negras de la historia de Rusia. Como consecuencia del bloqueo, murieron un millón doscientos mil leningradenses, el 90 %, de hambre y frío, pero Leningrado no se rindió. Durante el bloqueo, el pueblo ruso repetía como estribillo: “Si Leningrado resiste, nosotros también resistiremos”.
El 18 de enero de 1943, las tropas soviéticas, mediante la operación Iskrá, chispa en español, consiguieron romper parcialmente el cerco de Leningrado, abrir un corredor de diez kilómetros y restaurar la conexión entre esta ciudad y el resto del país. Esta ruptura constituye una victoria crucial y fue uno de los acontecimientos más importantes de la Segunda Guerra Mundial.
Stalin encargó dirigir la operación al futuro mariscal Gueorgui Zhúkov. La ofensiva se preparó con tanto sigilo, que ni siquiera quince personas conocían sobre su preparación. Faltaban todavía doce meses hasta la ruptura total del bloqueo de Leningrado, que se dio el 27 de enero de 1944.
El 9 de agosto de 1942, en pleno bloqueo, la Orquesta Sinfónica de Leningrado interpretó la Séptima Sinfonía o Sinfonía a Leningrado, compuesta por Dmitri Shostakóvich. El célebre compositor dedicó esta creación a “nuestra lucha contra el fascismo, a la victoria que se aproxima y a mi Leningrado natal”. La obra, escrita durante el bloqueo, era un himno de esperanza en la victoria y el 5 de marzo de 1942 fue transmitida por radio al mundo entero. Los altavoces se dirigían hacia donde estaban los alemanes, pues la ciudad quería que los invasores la escucharan.
Las fábricas de Leningrado entregaron al frente de batalla 713 tanques, 480 blindados y 10.000 morteros; a su pueblo lo mantenía en píe la inquebrantable fe en la victoria. Las condiciones de trabajo eran de las más duras, no había ni luz, ni calefacción, ni transporte, el frío era insoportable y no había que comer, y sin embargo, nadie se quejaba. Ni siquiera en el momento de la muerte. La gente moría en silencio.
A través del congelado lago Ládoga, llamado “el Camino de la Vida”, no se interrumpió nunca el envío de alimentos, medicina, armas y demás pertrechos. Pese al intenso bombardeo de la aviación alemana, los conductores manejaban días enteros sin descansar. Por este camino se evacuó a un millón de leningradenses. Quienes dirigían el tránsito debían permanecer parados sobre la nieve soportando el viento y el frío de hasta -30°C, durmiendo muy pocas horas al día. Se tendió un oleoducto por el fondo del lago y Leningrado revivió. Las fábricas volvieron a producir y la población de nuevo tuvo luz y calefacción. Por eso, sus habitantes dicen orgullosos: “Troya cayó, Roma cayó, Leningrado no cayó”.
Ningún escrito es más patético que el diario de Tania Sávicheva, una niña que sintetiza en pocas líneas el sufrimiento de millones de ciudadanos de Leningrado. Tania escribe: “Zhenia murió el 28 de diciembre de 1941, a las 12:30 horas. La abuela murió el 25 de enero de 1942, a las 3:00 de la tarde. Leka murió el 17 de marzo de 1942, a las 5:00 de la madrugada. El tío Vasia murió el 13 de abril de 1942, 2 horas después de la medianoche. El tío Lesha, el 10 de mayo de 1942 a las 4:00 de la tarde. Mi mamá murió el 13 de mayo de 1942 a las 7.30 de la mañana. Los Sávichev murieron. Murieron todos. Solo queda Tania”.
Rodolfo Bueno